Capítulo 4: El fuego que no se apaga
El sabor de tus labios aún estaba en los míos mientras el parque parecía desvanecerse a nuestro alrededor. Te aferrabas a mi mano, tus ojos brillando con una mezcla de complicidad y deseo. Sin pronunciar palabra, me guiaste por las calles desiertas, cada paso acompañado de miradas furtivas y roces intencionados que encendían aún más la tensión entre nosotros. La brisa de la noche acariciaba nuestra piel, pero el calor que nos envolvía hacía que todo lo demás pareciera lejano. Cada movimiento, cada toque, parecía una invitación a ir más allá, un lenguaje silencioso que ambos entendíamos perfectamente. Al llegar frente a la puerta de tu casa, te detuviste. La tenue luz del portal iluminaba tu rostro, resaltando la intensidad de tu mirada. Antes de que pudiera decir algo, me tomaste de la corbata, acercándome a ti con una sonrisa que era tanto un desafío como una promesa. —¿Seguirás mi ritmo esta vez? —susurraste, tu aliento cálido rozando mi piel. El roce de tus labios fue suave al princ...